La libertad no se pide, la libertad se toma
“Yo creía que la condición femenina evolucionaría al mismo tiempo que la sociedad”
Simone de Beauvoir

Este artículo va dirigido a la mujer que se siente mal y no entiende por qué, que es objeto de abusos por parte de los demás, pero también de abusos que ella comete en contra de sí misma. Frecuentemente estos autogoles (abusos en contra de sí misma), no son intencionados y menos aún conscientes.
A la mujer que tiene dificultad para de decir: ¡¡BASTA!! A la mujer que da de más por la necesidad de ser reconocida y valorada y que con frecuencia se siente mal por no encontrar la correspondencia o valoración que esperaba. A la mujer que limita su desarrollo, descuida sus intereses, suprime sus sueños y atropella sus necesidades porque cree que el sacrificio y la renuncia es una forma de amor. A la mujer que no está contenta con su vida, a la mujer que encuentra muy difícil tomar decisiones o no puede tomarlas. A la mujer que no sabe porque está donde está pese a que no lo disfruta, a la que soporta situaciones desagradables por miedo a la vida, a la mujer que se paraliza frente a la crítica por falta de confianza en sí misma, en su criterio, en sus sentimientos.
Escribo a la mujer, a las mujeres, en singular y en plural, que parecen no creer en su valor y en su derecho a ser amadas, respetadas y tener calidad de vida. A las mujeres que viven cumpliendo y satisfaciendo las expectativas de los demás a costa de su propio interés o bienestar.
Me gustaría compartir con ustedes el caso de una paciente que estaba yendo a terapia psicológica conmigo. Mi paciente, a quien llamaremos Claudia, externó su preocupación porque su hija estaba enferma desde hacía dos años. Su hija, a quien llamaremos Adriana, no parecía tener un diagnóstico concreto y/o el tratamiento en base al diagnóstico no resultaba satisfactorio, dado que la salud de su hija lejos de mejorar, se deterioraba visiblemente.
El esposo de Adriana se empeñaba en que su esposa, continuara con los doctores que estaba viendo ya que (él) tenía toda su confianza depositada en ellos. Adriana, temiendo molestar a su esposo, seguía con ese grupo médico pese a no mostrar mejoría. Cuando le sugerí a la madre de la enferma que vieran a otro especialista y escucharan una segunda opinión. Me miró con una cara de sorpresa y temor y me dijo: “Eso le puede costar el matrimonio”
Midiendo posibles consecuencias, yo le contesté que su “”obediencia y sumisión, su falta de protagonismo y responsabilidad frente a su propia salud; le estaba costando la vida. Buscar todas las alternativas para recuperar la salud es no solo una responsabilidad, sino también un derecho natural y legal al que nos se debe abdicar.
Adriana, finalmente decidió consultar otros médicos (A ESCONDIDAS). El diagnóstico que tenía era erróneo y eso la llevó a perder dos años de un adecuado tratamiento, se le había dañado un riñón por tanto antibiótico, etc.
Vamos puntualizando que al hablar de Adriana, estamos hablando de una mujer de una buena posición económica (con Seguro de gastos Médicos Mayores), con un buen nivel social (hasta ha salido en Gente Bien y otros suplementos Sociales), tiene su buen carro, perdón camioneta (también con su póliza de Seguro y cochera techada), posee su buena casa (no del Infonavit), ella misma ya es jefa (de la muchacha del trabajo doméstico); en fin parece ”tenerlo todo”, y sin embargo, no puede tomar una decisión sobre su persona, sobre su salud, sobre su bienestar; en fin, sobre su presente y futuro. Delega su responsabilidad y renuncia a su adultez.
Podríamos pensar que Adriana es una mujer con poca preparación: ¡NO! Adriana tiene una carrera profesional, es Ingeniera en Sistemas, antes de casarse ocupó una gerencia en una empresa fuerte. ¿Y Ahora?, ¿Qué pasó con aquella mujer capaz?
¿Por qué se volvió cómplice y partícipe de una forma de violencia que atenta contra su esencia, contra su adultez y contra su libertad de decidir asuntos tan primarios como con quiere atender sus problemas de salud? ¿En dónde quedó la opinión, la decisión y responsabilidad de Adriana frente a su propia existencia? Creí que nos habían “otorgado” el voto hace seis décadas y no solo el voto, sino, -y principalmente- la responsabilidad que eso conlleva.
¿Sería lógico pensar que Adriana cambió de repente? Yo no creo y me parece que verlo así sería una postura inocente e infantil. Sería también absurdo pensar que el esposo actuaba con mala intención.
Quiero aclarar y puntualizar que no pretendo plantear a la mujer como una pobre víctima y acusar a los hombres de ser sus victimarios. Para que el juego empiece y siga se necesita que dos quieran jugar, que dos acepten las reglas y contesten las pelotas. Se necesita que muchos se complazcan con el juego y los árbitros no castiguen las faltas.
No satanicemos a nadie, Adriana y el esposo aprendieron lo que les enseñaron. Los padres de Adriana y de su esposo educaron a sus hijos con lo que a ellos les habían enseñado. Todos sabemos que la cuchara saca lo que hay en la olla. Tal vez en su “sentido de responsabilidad” el esposo buscó lo mejor para ella; ¿Cómo? Pues muy simple, de la forma que a él le habían enseñado: Asumiendo una responsabilidad absoluta, invade el espacio de Adriana y violenta sus propias decisiones.
Es de todos conocido que históricamente la mujer ha tenido que luchar mucho para ocupar un espacio más reconocido en el ámbito social, laboral, familiar, etc. Es así mismo otra realidad conocida que estamos frente a cambios socioculturales muy intensos y dentro de esos cambios, el de la mujer es uno de los más importantes. El avance es grande, sin embargo todavía hay aspectos machistas en la sociedad que limitan a la mujer.
Hay actualmente un doble mensaje en torno a la mujer. El Discurso Oficial y Social condenan cualquier forma de discriminación. Es difícil que las personas expresen abiertamente posturas machistas, y discriminatorias. No está bien visto, no es “fashion”, condenar abiertamente. El que lo hace queda mal. Sin embargo, en el diario vivir se manifiestan de forma “sutil” estas discriminaciones en todos los niveles. Y o es como muchos quisiéramos creer un problema de las clases desfavorecidas.
Este tipo de mensajes pueden confundirnos y hacernos pensar que como ya se esta promoviendo el cambio en nuestro entorno, ya no nos afecta y no tenemos nada que hacer de forma personal. Si nos afecta y nos afecta todos.
Un ejemplo de estos cambios a medias lo encontramos en que actualmente “se permite” a la mujer que estudie, viaje, trabaje, viva fuera un rato, etc.; concesión que con frecuencia se le retira con el matrimonio. Ahí la nueva pareja parece no tener más remedio que repetir los patrones de relación que había visto y aprendido.

Esto fue lo que les pasó a Adriana y a su esposo; cuando llegó la hora de dar paso al matrimonio se impusieron los patrones de conducta y relación que ellos aprendieron desde chicos. No debería sorprendernos, puesto que: “Las semillas ya se había plantado en el terreno más fértil que es el de la infancia y se estuvieron regando durante años”
Cualquier sociedad que fomente desigualdad, marginación y discriminación, por más “sutil” que sea, es una sociedad que no puede tener un desarrollo sano y sustentable. La desigualdad, la falta de oportunidades y el daño a cualquier sector o grupo de la sociedad, nos afecta a todos, por lo tanto es responsabilidad de todos.
El problema para identificar la violencia, es que identificamos como violencia a la que asusta, la que se grita, la de los golpes y la sangre. Este concepto extremo de violencia hace más difícil que entendamos que hay formas de violencia que están dentro de la sociedad y avaladas por ella.
Estas formas de violencia estructural (la violencia que vive en y del sistema, la institucionalizada) genera resentimiento, inconformidad e inseguridad en los grupos que la sufren y se terminan convirtiendo en problemas sociales, económicos, familiares, de pareja, laborales, individuales, etc.
Ahora enfoquemos la mirada a un entorno más íntimo pero no menos violento, dirijamos la mirada hacia nosotras: ¡¡MUJER!! ¡¡MUJERES!!!
Busquemos en nuestro interior las creencias distorsionadas, machistas, temerosas que nos limitan a crecer, a confiar en nosotras mismas y a desarrollarnos. Dejemos de buscar culpables, de levantar el dedo para acusar a los a demás. ¡Cambiemos culpa por responsabilidad!
Es frecuente que a mi consultorio lleguen mujeres en condiciones de cansancio extremo, muy tristes y con un sentimiento de abandono. Son mujeres muy enojadas y resentidas por no encontrar la correspondencia que ellas esperaban al renunciar a sí mismas; es como si se sintieran timadas y utilizadas ya que esperaban que su auto-renuncia les traería el amor y la validación de sus parejas, hijos, etc.
El efecto es precisamente el contrario ya que es muy difícil respetar al que no se respeta y muy fácil cargar y sobrecargar al que se pone de modo.
Así, la mujer, en su dificultad de decir: BASTA, de poner límites sanos y a tiempo; se sobre carga de tareas y responsabilidades. Cuando se percata del abuso que ella facilita, normalmente es cuando ya llegó a situaciones extremas que las han lastimado muy profundamente y que han dañado sus relaciones personales.
Es importante aprender a identificar a tiempo los abusos propios y ajenos. Se oye muy fácil pero no lo es tanto, por lo menos no se da de forma automática. Ni se consigue pidiéndoselo a los demás. Para modificar estos patrones de conducta es necesario identificar porque los permitimos, cuales son las creencias, las promesas, los valores, los miedos que sostienen este modelo de mujer sacrificada, encargada de cargar y solucionar lo que les toca a otros.
¡La libertad no se pide, la libertad se toma!
Y nadie podrá tomar su libertad sin antes identificar los mandatos inconscientes que nos mantienen presas de nosotras mismas y contra nosotras mismas.
Es muy frecuente oír en consulta como las mujeres que están en la vida de las pacientes: las madres, las hermanas, las maestras, las amigas, etc. Son muy duras con ellas. Parece que aprendieron muy bien como limitar a su propio sexo, es como una traición de la que no parecen estar conscientes. En otros casos, parece ser la envidia de ver a otras que se atreven, que toman decisiones, que se hacen responsables del bienestar de su vida. En fin, por inconsciencia, por envidia o por miedo las mujeres nos convertimos, a veces, en saboteadoras de nuestro propio género. Algo así como auto-sabotaje grupal o de género.
El temor a la crítica, la necesidad extrema de aprobación de los demás en lugar de buscar la auto- aprobación, la falta de confianza en nosotras mismas, el miedo a asumir la responsabilidad de nuestra vida, el miedo al rechazo o al abandono. Son creencias y miedos que se convierten en mandatos.
Nadie piensa: “Voy a aguantar porque estoy dominada por miedos, creencias y valores que aprendí desde chica y que son los que me dominan y me afectan”.
Al principio las imposiciones son externas, eran parte del entorno; sin embargo con el tiempo se volvieron parte de nuestra piel, las aprendimos y se automatizaron en nuestro interior. Hasta que llega el día que ya no se necesitan carcelarios, ya sabemos auto reprimirnos. El miedo ya no nos permite confiar en nuestras alas, hasta pueden dejarnos las puertas abiertas ya que no aprendimos a volar.

Es un hecho que hombres y mujeres hemos aprendido, muy a nuestro pesar, creencias y valores machistas, impositivos y excluyentes que flotan en el ambiente familar, educativo y social. Pero, lo que es aún más dañino, es que como los vimos y los aprendimos de niños nos resultan muy naturales y no nos damos cuenta de lo tóxico que son y del daño que nos hacen.
Si quieres ser libre y mejorar tu bienestar y calidad de vida es necesario identificar las creencias que te atemorizan y limitan.
Es necesario cambiarlas por valores de libertad con responsabilidad y por creencias más sanas y flexibles.
Lucy López Moreno R.